datos curiosos de la india
El teatro indio es extraño y anormal entre todos; aparece dos siglos antes de nuestra Era, dos mil años después de las grandes epopeyas, y sale del santuario como la Tragedia griega. Sus contadas representaciones ofrecen la rareza de las fiestas seculares. Sus poetas apenas si producen más de dos o de tres obras; sesenta piezas constituyen aproximadamente todo su repertorio. El desarrollo es su regla: pasa, en un abrir y cerrar de ojos, de la tierra al cielo; admite a los monstruos y a los animales en sus dramas. Sus personajes recorren cien leguas de camino, sin moverse de la escena; indican con gestos la velocidad del carro imaginario que los conduce a través del espacio. Para desaparecer com-
pletamente basta con que se envuelvan en un velo. Más aún: el personaje que ha desaparecido bajo el velo puede permanecer visible para uno de los actores y conversar con él en voz alta sin que los demás se permitan oír o escuchar cosa alguna. El genio indio, tan profundamente idólatra que podría encarnar la Abstracción, ha representado cada una de las pa siones que los dramas expresan mediante un color especial dedicado a un dios. El amor, consagrado a Vichnú, es azul obscuro; la alegría es blanca, y es Rama el que preside sus juegos; la ternura es rosa y corresponde a Rurda; el furor es rojo y pertenece a Sakra; el heroísmo, gris, a Va runa ; el terror, negro, a Yama; el hastío, azul pálido, a Mahakala; el asombro. amariillo, a Brahma. Al representarse una obra, la escena se empavesa con los colores de la pasión imperante. El drama es, sucesivamente, blanco o negro, índigo o púrpura; su poética emplea todas las tonalidades de una paleta. - Por una singularidad aun más bizarra, el Teatro de la India es poligloto . Los personajes principales de una pieza hablan el : sánscrito, la lengua sabia y sagrada, ininteligible para el vulgo. La heroina se sirve del prakit, idioma gorjeador y dulce, que es, respecto al sánscrito, lo que el latín respecto al italiano. Las mujeres que la asisten y sus amigas se valen de un dialecto menos puro. Los comerciantes y los .personajes subalternos no pueden emplear más que una jerga grosera, que aun se subdivide en jergas de diversas categorías, según las profesiones que aquéllos ejercen. El régimen de las castas, que todo lo gobierna en la India, explica esta anomalía. Según sus limitaciones inmutables, el Sudra no debe comprender lo que dice el Brahmán, ni el Chandala maldito ha de mezclarse en la conversación del Sudra. Así, en cada pieza, los espectadores sólo comprenden los discursos puestos en boca de los personajes de su propia clase: el resto no es para ellos más que una pantomima que es necesario descifrar. No de otro modo hubiera sido un teatro en plena Torre de Babel.
pletamente basta con que se envuelvan en un velo. Más aún: el personaje que ha desaparecido bajo el velo puede permanecer visible para uno de los actores y conversar con él en voz alta sin que los demás se permitan oír o escuchar cosa alguna. El genio indio, tan profundamente idólatra que podría encarnar la Abstracción, ha representado cada una de las pa siones que los dramas expresan mediante un color especial dedicado a un dios. El amor, consagrado a Vichnú, es azul obscuro; la alegría es blanca, y es Rama el que preside sus juegos; la ternura es rosa y corresponde a Rurda; el furor es rojo y pertenece a Sakra; el heroísmo, gris, a Va runa ; el terror, negro, a Yama; el hastío, azul pálido, a Mahakala; el asombro. amariillo, a Brahma. Al representarse una obra, la escena se empavesa con los colores de la pasión imperante. El drama es, sucesivamente, blanco o negro, índigo o púrpura; su poética emplea todas las tonalidades de una paleta. - Por una singularidad aun más bizarra, el Teatro de la India es poligloto . Los personajes principales de una pieza hablan el : sánscrito, la lengua sabia y sagrada, ininteligible para el vulgo. La heroina se sirve del prakit, idioma gorjeador y dulce, que es, respecto al sánscrito, lo que el latín respecto al italiano. Las mujeres que la asisten y sus amigas se valen de un dialecto menos puro. Los comerciantes y los .personajes subalternos no pueden emplear más que una jerga grosera, que aun se subdivide en jergas de diversas categorías, según las profesiones que aquéllos ejercen. El régimen de las castas, que todo lo gobierna en la India, explica esta anomalía. Según sus limitaciones inmutables, el Sudra no debe comprender lo que dice el Brahmán, ni el Chandala maldito ha de mezclarse en la conversación del Sudra. Así, en cada pieza, los espectadores sólo comprenden los discursos puestos en boca de los personajes de su propia clase: el resto no es para ellos más que una pantomima que es necesario descifrar. No de otro modo hubiera sido un teatro en plena Torre de Babel.
El drama indio reúne todos los extremos y todos los contrastes. Tan pronto consta de catorce actos como de una sola escena, y tan pronto emplea versos de cuatro sílabas como versos desmesurados, cual los reptiles del mundo primitivo, que desenroscan anillos de ciento cuarenta pies. Unas veces requiere el concurso de todo un pueblo de actores y otras se reduce a un monólogo con réplicas, ejecutado. por un ventrílocuo.
De un brinco pasa de la niñada a lo sublime, de la ingenuidad a la extravagancia, de la emoción sencilla y verdadera a la desvergüenza y a la locura. -- Recorramos lo que de él nos separa y, seguidamente, marcharemos por el camino que con él nos enlaza. A través de todos los antípodas de costumbres, de religiones y de razas, el alma humana concluye siempre por volver a encontrar y por reconocer su indivisible unidad.
De un brinco pasa de la niñada a lo sublime, de la ingenuidad a la extravagancia, de la emoción sencilla y verdadera a la desvergüenza y a la locura. -- Recorramos lo que de él nos separa y, seguidamente, marcharemos por el camino que con él nos enlaza. A través de todos los antípodas de costumbres, de religiones y de razas, el alma humana concluye siempre por volver a encontrar y por reconocer su indivisible unidad.
Primeramente, su parte fabulosa es inaccesible; para penetrar en ella se necesitaría el hacha que emplean los viajeros para abrirse una senda a través de las inextricables selvas del Rimalaya. La atención más robusta se extravía, como un elefante entre los juncales. Entre el espíritu europeo y el de la India se yerguen cien millones de Dioses monstruosos, cambiantes, multiformes, que se desvanecen para reaparecer, transformados por metamorfosis incesantes cuando se creía tenerlos asidos. El
análisis es tan impotente como el apostolado y como la conquista para abrir brecha en esta mitología que tiene espesor tremendo, inusitado.
Pretender explicar sus fantasmagorías colosales, aglomeradas por las generaciones de fumadores de opio, valdría tanto como querer sujetar las nubes que se deshacen para volar por la extensión del firmamento.
La inteligencia se desconcierta ante su fecundidad delirante. La memoria se niega a contener esas miríadas de divinidades fantásticas que, multiplicándose sin tregua ni medida, acaban por obstruir el infinito. La imaginación, por ávida que sea, retrocede ante la enormidad de sus maravillas y de sus prodigios. - Entre otros mil ejemplos que podrían citarse, hay una escena del Samudra Mathanam: en la que baten el Océano, cual se bate la leche en una mantequera, para hacer ambrosía con la espuma.
análisis es tan impotente como el apostolado y como la conquista para abrir brecha en esta mitología que tiene espesor tremendo, inusitado.
Pretender explicar sus fantasmagorías colosales, aglomeradas por las generaciones de fumadores de opio, valdría tanto como querer sujetar las nubes que se deshacen para volar por la extensión del firmamento.
La inteligencia se desconcierta ante su fecundidad delirante. La memoria se niega a contener esas miríadas de divinidades fantásticas que, multiplicándose sin tregua ni medida, acaban por obstruir el infinito. La imaginación, por ávida que sea, retrocede ante la enormidad de sus maravillas y de sus prodigios. - Entre otros mil ejemplos que podrían citarse, hay una escena del Samudra Mathanam: en la que baten el Océano, cual se bate la leche en una mantequera, para hacer ambrosía con la espuma.

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