El teatro indio es extraño y anormal entre todos; aparece dos siglos antes de nuestra Era, dos mil años después de las grandes epopeyas, y sale del santuario como la Tragedia griega. Sus contadas representaciones ofrecen la rareza de las fiestas seculares. Sus poetas apenas si producen más de dos o de tres obras; sesenta piezas constituyen aproximadamente todo su repertorio. El desarrollo es su regla: pasa, en un abrir y cerrar de ojos, de la tierra al cielo; admite a los monstruos y a los animales en sus dramas. Sus personajes recorren cien leguas de camino, sin moverse de la escena; indican con gestos la velocidad del carro imaginario que los conduce a través del espacio. Para desaparecer com- pletamente basta con que se envuelvan en un velo. Más aún: el personaje que ha desaparecido bajo el velo puede permanecer visible para uno de los actores y conversar con él en voz alta sin que los demás se permitan oír o escuchar cosa alguna. El genio indio, tan profundamente idólatra que podr...